Manual del expoliador: Cómo robar arte y colocarlo en el mercado

Los que roban obras de arte operan por intuición, y unas veces aciertan y otras no

Por: José Martí Gómez | 12 de marzo de 2006. El País, Reportaje: 48.

Un día de la primavera del año 1981, un medallón de Pablo Gargallo fue sustraído del palacio de la Virreina, en Barcelona. Formaba parte de la exposición antológica dedicada al escultor, que, según me contó su hija, se casó con el dinero obtenido con un cuadro que le había regalado Picasso para pagar con su venta los gastos de la boda. Con el dinero sobrante del convite, Gargallo compró dos anillos, un impermeable y un par de billetes de tren desde París hasta Barcelona. Un picasso aún no daba para mucho.

El autor de la sustracción de la obra de Gargallo se puso en contacto con el Ayuntamiento a través de una carta redactada con letras recortadas de un periódico. Si querían recuperar la obra, debían poner un anuncio en la sección Varios de los anuncios económicos de La Vanguardia. La clave era vendo ocarina en buen estado. Tras ese breve texto debía publicarse el número de teléfono de contacto para la negociación. Rafael Pradas y Joan Antón Benach, responsables de la Concejalía de Cultura, me preguntaron si quería ceder mi casa y número de teléfono. Accedí, y policías adscritos a la brigada especializada en robos de obras de arte se instalaron en mi comedor con un cachivache que grababa las conversaciones y al que pegaban el oído cada vez que sonaba el teléfono. Así conocí a J. R., el inspector que mandaba el grupo. Un gallego sutil que cuando la llamada telefónica era de signo político (se vivía el debate del no del PSOE al ingreso en la OTAN), apagaba la grabadora del cachivache y comentaba que estaba allí por la G de Gargallo, no por la G de González. No llamó nadie interesándose por la ocarina ni telefoneó el que había robado el medallón. Pero aquellos días de forzada convivencia me permitieron conocer al policía que años más tarde detendría a René Alphonse van der Berghe, conocido como Erik el Belga.

Dieciséis años más tarde, un día de junio de 1997, Francesca Español, apasionada profesora de Historia de Arte Medieval en la Universidad de Barcelona, entró en la sucursal de Sotheby’s en Barcelona para comprar el catálogo de una subasta ya realizada, cosa que suele hacer con relativa frecuencia. La adquisición de catálogos atrasados, más baratos que los de las subastas en vigor, le sirven lo mismo como material de trabajo.

Aquel día de junio, Francesca Español iba tras la pista de una pieza de orfebrería catalana sustraída años atrás. No quedaba ningún ejemplar de la subasta que le interesaba y la profesora ojeó de pasada el catálogo en el que aparecían las fotos y los datos de las piezas a subastar el miércoles 2 de julio en la sede central de Sotheby’s en Londres.

El método de trabajo de los profesores de Historia del Arte se basa en la memoria visual y en la analogía estilística, explica Español, que continuó: Fue ese método el que provocó que me sorprendiesen las fotografías de las dos piezas a subastar que aparecían en la página 19 del catálogo: se presentaban como dos obras de arte procedentes de los Países Bajos, pero a mí me pareció que eran dos de las piezas de la arqueta de Sant Martirià, robadas en el monasterio de Sant Esteve, Banyoles, en 1980. Al observar detenidamente las dos fotografías, a primera vista, asocié con las obras robadas la imagen de Sant Benet más que la de la Virgen. Los expertos de Sotheby’s que definieron las dos obras como arte flamenco no iban desencaminados. El arte figurativo catalán del medievo no es original; fue ecléctico y se benefició de influencias dispares aportadas por artistas de varios países, Italia, básicamente, que se instalaron en Cataluña. Los procedentes del norte de Francia aportaron la influencia de los Países Bajos.

Relicario de San Martiriano en 1978, antes del robo de los relieves en 1980.

Relicario de San Martiriano en 1978, antes del robo de los relieves en 1980.

Francesca Español compró el catálogo, corrió hacia su casa, buscó en su archivo las fotografías de las imágenes que formaban parte de la arqueta de Sant Martirià y confirmó que las obras a subastar por 15.000 y 20.000 libras esterlinas como precio de salida formaban parte del conjunto de 26 piezas robadas por Erik el Belga durante los años en los que expolió el arte religioso de ermitas, iglesias y monasterios españoles. Todavía hoy resulta relativamente fácil sustraer obras de arte, si es que queda algo de valor en viejos templos de pequeños pueblos de Castilla, León y Galicia, comunidades que en una mayor medida han sufrido el expolio, pero actualmente se roba más arte en casas particulares que en el medio millar de los ya esquilmados templos.

San Martiriano, figura de plata de la arqueta recuperada.

San Martiriano, figura de plata de la arqueta recuperada.

Cuando la profesora Francesca Español verificó que su intuición no le había jugado una mala pasada, se puso en contacto con el obispado de Girona. La maquinaria policial se puso en marcha e Interpol intervino impidiendo la subasta. Los expertos coinciden en un punto: El mundo de las subastas es opaco.

Las obras de arte robadas llegan a manos de anticuarios que no suelen revelar su procedencia. Del anticuario, las obras de arte pasan a manos de coleccionistas que, en caso de intervención policial, exhiben la factura que acredita que adquirieron la obra en el mercado legal de antigüedades, documento que también muestra la casa subastadora. Todo legal. Pero bajo la legalidad aparente bulle la realidad del mercado, que lleva a que ni el anticuario, ni la casa de subastas, ni el coleccionista muestren gran interés en averiguar la procedencia de la obra que entra en el mercado. La cadena de complicidades se ampara en la permisiva legislación que permite la impunidad de los anticuarios, los coleccionistas y los subastadores. El mercado del arte robado se dice que mueve en el mundo unos diez billones de dólares anuales.

El anticuario, a veces, ignora la procedencia; otras, procura no preguntar mucho

¿Quién roba obras de arte en España? Generalmente suelen ser españoles que actúan solos u organizados en grupos de tres o cuatro personas, como máximo, porque los grupos formados por muchos delincuentes se dedican a negocios más lucrativos: del tráfico de drogas o vehículos robados, a la sustracción de joyas, mercancías más fáciles de colocar en el mercado que las obras de arte, un género que requiere de tiempo para su comercialización. Entre la sustracción de una obra de arte valiosa y su aparición en el mercado suelen pasar varios años. Entre el robo de las figuras de la arqueta de Sant Martirià y la aparición de dos de ellas en la subasta en Londres habían transcurrido 17 años.

Los que roban las obras de arte son el primer eslabón de la cadena: son los que las colocan en el mercado a través de peristas que suelen tener antecedentes por delitos de receptación. Esos peristas, segundo eslabón de la cadena, venden las obras a otros peristas más limpios policialmente y más introducidos en el mercado. El cuarto eslabón es el anticuario, que unas veces ignora la procedencia ilícita de la obra que le ofrece el perista y otras, la mayoría, procura no preguntar mucho. El trabajo de investigación para recuperar una obra robada se rompe cuando ésta llega a manos de un particular, último eslabón de la cadena. En el argot de los investigadores, la obra deja de moverse. En su recorrido desde el primer eslabón hasta el último, la obra de arte robada aumenta su cotización: una imagen valiosa por la que el autor del robo no percibe mucho más de mil euros vale cientos de miles cuando llega al coleccionista.

Las 24 estatuillas y los 2 relieves laterales que formaban el conjunto escultórico de la arqueta fueron robados la noche del 20 de enero de 1980. Se supone que un miembro de la banda se ocultó en el monasterio y, cuando este cerró, desconectó la alarma y abrió una puerta al resto de ladrones para que fuesen desmontando una a una las piezas de la arqueta.

Es lo que supusieron en su día los investigadores del robo y lo que mantiene hoy el abogado Carles Mascort, que por encargo del obispado de Girona ha llevado a cabo la negociación para recuperar las piezas en poder de un matrimonio de coleccionistas holandeses, que afirma que las compró legalmente a un anticuario. De lo sustraído quedan por recuperar siete piezas, que no se sabe dónde están. Si desde el robo hasta la localización de las dos piezas clave para la resolución del caso tuvieron que pasar 17 años, han tenido que pasar ocho más para que se hayan podido recuperar las 17 piezas del valioso relicario gótico del siglo XV. Ocho años de negociaciones, acabadas en fracaso, entre los coleccionistas y el Ministerio de Cultura español. Años de tira y afloja en cuanto al precio a pagar por las obras, porque en la Europa sin fronteras se da la paradoja de que sólo desde 1993 el arte robado puede recuperarse sin tener que compensar económicamente a su poseedor, aunque éste alegue que lo adquirió ignorando que procedía de un robo. En la práctica, todavía hoy, y pese a esa directiva, el espacio jurídico europeo es confuso: cada país tiende a proteger intereses de sus nacionales ante demandas presentadas por ciudadanos o entidades de otros países.

¿Cómo empezó su negociación, abogado?

-Creando un clima de confianza tras el ultimátum dado por los propietarios de las piezas al romper su negociación con el Ministerio de Cultura y exigir negociar, dando de plazo hasta febrero, directamente con el obispado.

¿Qué le sorprendió?

-Que 19 de las 26 piezas sustraídas resultó que estaban en la misma mano.

¿Qué es lo que todavía no puede explicar?

-El acuerdo económico [existe cláusula de confidencialidad con el matrimonio coleccionista] y el anecdotario que he vivido.

Al abogado Mascort, como a cualquier persona sensata, le sorprende que tras el daño causado al patrimonio artístico del país, Erik el Belga siga viviendo en España, concretamente en la Costa del Sol, gozando de beneplácito oficial y reconocimiento social, pese a que no ha colaborado nada en las investigaciones policiales para recuperar en el extranjero lo que robó en España. Cínico, se ofreció en 1994 al obispado de Girona para tratar de localizar las piezas que había robado. Pedía 40 millones de pesetas. El obispado le respondió que no trataba con ladrones. A la catedral de Roda de Isábena, en Huesca, que años antes había expoliado, donó 19 cuadros pintados por él. Con la donación demuestro que un ciudadano puede colaborar en el mantenimiento del patrimonio artístico, cuentan que dijo metido en un insólito papel de mecenas. Al abogado Mascort le resulta incomprensible lo bien que vive. Una cosa es que hayan prescrito sus delitos; otra distinta, que se le rían las gracias, opinión que comparte la profesora Español: Encuentro inaudito que se le invite a dar conferencias. Es el colmo de la desfachatez e irresponsabilidad, por su parte y la de quienes le invitan.

-Es un tipo cultivado, experto en arte y buen falsificador de pintura -me explicó el inspector J. R. cuando le detuvo.

Un tipo simpático, en suma -le comenté con sorna.

-Se aproxima a la tipología humana del estafador. Si no eres tú el perjudicado, le ves como un tipo agradable que disfruta de la vida. Incluso es generoso en determinadas circunstancias.

El inspector J. R. recordaba que los policías de su grupo que seguían al delincuente le habían telefoneado algunas veces para informarle de que había entrado a cenar en un restaurante de lujo junto a otras personas, presuntamente traficantes en obras de arte.

Los policías no entraban. La carta era cara. Era algo que se repetía habitualmente entre los policías que seguían a estafadores de alto nivel de vida. El inspector J. A., excelente gourmet que escribía recetarios de cocina en sus ratos libres, había mantenido con sus subordinados muchas conversaciones a lo Toto:

-¿Entro y ceno cerca de su mesa? -preguntaban los policías.

-¿Lo cubre la dieta de gastos? -preguntaba el jefe.

-¡Pero qué dices, tío! Da para una botella de agua mineral.

-Pues entonces, cómprate un bocata de anchoas y cena en la puerta, macho.

Como los buenos estafadores, siempre que podía, Erik el Belga almorzaba o cenaba en restaurantes con puertas que daban a dos calles, y el policía que esperaba paciente maldiciendo las horas muertas frente a la entrada principal perdía su pista cuando éste dejaba el restaurante por una trasera. Le detuvieron en un restaurante de Castelldefels. Él dijo que se hizo detener porque su huida ya era insostenible.

Si su huida dice que ya era insostenible, algo habrá tenido que ver la policía, me dijo con sorna el inspector J. R.

Día tras día, tratando de acumular pruebas, meses y meses de seguimientos y pistas perdidas. Algún día se tendrá que contar la penuria de medios, económicos y de material, con los que en los años del franquismo y muchos años de la democracia trabajó la Brigada Criminal. Baste la anécdota de que en un decálogo sobre cómo debía comportarse un delincuente que tuviese que huir de una persecución policial se aconsejaba que huyese por una autopista porque existía la seguridad de que el coche policial que le perseguía se quedaría sin gasolina. Nunca se ha sabido quién redactó aquel decálogo. Siempre sospeché que fue un grupo de policías con sentido del humor y de la realidad.

Erik el Belga no ha sido un vulgar expoliador de arte. Sabía qué robaba, aunque no es cierta la leyenda de que no dañaba las obras que sustraía. Que las recuperadas figuras de la arqueta del monasterio de Banyoles estén en buen estado no quiere decir que otras obras que robó no sufrieran mutilaciones vandálicas a fin de obtener un mayor beneficio: vendió a trozos unas vigas góticas y parceló una silla del siglo XI, considerada como una pieza única.

En general, los que roban obras de arte son individuos sin conocimiento de historia del arte. Gentes que operan dejándose llevar por la intuición y que unas veces aciertan y otras se llevan una imagen que es escayola sin valor artístico o trocean el retablo robado para venderlo al peso. Esta tipología de delincuentes es identificada por la policía porque, además de robar la obra de arte, aprovechan el viaje para reventar los cepillos que recogen óbolos para obras benéficas o pidiendo la mediación del santo del lugar.

Seguir la pista a obras de arte robadas es un trabajo muy paciente, me decía el inspector J. R. mientras pasaba las horas fumando sentado junto al cachivache conectado a mi teléfono.

Un trabajo para gente paciente, me dijo años después A. C., sobrio comandante de la Guardia Civil, responsable del grupo de patrimonio artístico de la Unidad Central Operativa. El inspector y el comandante refrendaban historias similares: la de los agentes recorriendo itinerarios que van desde la chabola de extrarradio en la que vive el primer eslabón hasta la casa señorial en la que habita el último de los eslabones. En ese viaje, los agentes pasan de vestir tejanos al traje con corbata, usan con el ladrón del primer eslabón el lenguaje directo del te vas a tragar más hostias que en un congreso eucarístico como no me digas pronto a quién le vendiste la Virgen que robaste en una ermita, y un educado perdone que le moleste: ¿tendría la amabilidad de mostrarme el certificado de compra de la Virgen que adquirió hace un mes? con el coleccionista sospechoso de comprar la obra sabiendo que procedía de un robo.

En la chabola puede aparecer por sorpresa una buena obra de arte. En el domicilio del señor con dinero que, por inversión o placer, invierte en obras de arte, la sorpresa puede ser descubrir que la obra que se creía robada de una iglesia la vendió el propio párroco, un problema derivado del hecho de que hasta que se promulgó la ley de Patrimonio de 1985 era legal vender bienes de la Iglesia, propietaria de un 80% del patrimonio artístico del país.

Es la sorpresa que se llevó Francesc Viadiu, ex diputado de Esquerra Republicana que, como delegado de Orden Pùblico de la Generalitat en Lleida, ordenó en 1936 que, para evitar que fuese expoliado, nadie entrase en el museo diocesano de Solsona.

De allí no salió una sola pieza porque los dos anarquistas que dirigían al centenar de hombres que patrullaban las calles de Solsona querían orden. La sorpresa me la llevé en 1985, cuando se procesó al responsable del museo desde 1939. El sacerdote denunció que en los años de guerra se robaron obras de arte y resultó que las había vendido él. Buscaban ladrones fuera y el ladrón estaba dentro, recuerda Viadiu.

¿Llegó de fuera o estaba dentro el ladrón que en mayo de 1991 robó del Museu Nacional d’Art de Catalunya el portapau Comte d’Urgell, pieza de orfebrería de 1400? ¿Estaba la valiosa pieza en una caja fuerte o en un simple armario? De la caja fuerte o armario -unas voces afirman lo primero y otras lo segundo-, ¿cuántas llaves había? ¿Una? ¿Cinco? Sean una o cinco, la cerradura sólo la abría una llave especial. ¿Quién podía abrir la caja fuerte o el armario y en presencia de quién? El caso es que un día esa obra desapareció, sin que del robo se haya sabido nada más. Un robo, no cabe duda, cometido por alguien con acceso a la llave del armario o la caja fuerte. Dicho de forma más tajante: el portapau no se lo llevó un cualquiera.

Era la obra más valiosa del museo. Procedía de los fondos del monasterio de Sigena, en Aragón, devastado a lo largo de la guerra. Las monjas, de la orden de San Juan, salvaron como pudieron las obras de arte. El portapau quedó en depósito en el Museu Nacional d’Art de Catalunya y años después lo vendieron para poder sufragar la construcción de un nuevo convento.

La existencia del valioso portapau era conocida por pocas personas. No se exhibía para evitar problemas con Aragón. Por eso se guardó en un armario, afirma una garganta profunda.

¿Eran muchos los que metían las manos en el armario?

-Muy pocos.

¿Es una obra que se puede colocar en el mercado?

-Es muy difícil, dada su singularidad.

Entonces, ¿robo por placer privado de coleccionista?

Sonrisa enigmática del informador. Una última pregunta:

¿Se aireó el robo?

-Hubo silencio administrativo por miedo al escándalo.

En una de las salas de su bufete, decorada con piezas de arte africano, el abogado Mascort le ha reconocido al reportero que la experiencia vivida con la recuperación de las piezas de la arqueta robadas en el monasterio de Sant Esteve le permite afirmar que recuperar obras de arte robadas es un difícil trabajo policial.

El inspector y el comandante me explicaron que seguir las pistas de obras de arte robadas era duro, pero no lo peor: lo peor eran los aburridos, complejos, inacabables trámites burocráticos que se han de entablar con los que juran y perjuran por su santa madre que en el cielo esté haber comprado la obra de buena fe.

Préstese atención al dato de que fue en junio de 1997 que se supo que Sotheby’s subastaba dos de las piezas robadas por Erik el Belga en el monasterio de Sant Esteve y en Sotheby’s siguen en enero de 2006 la Virgen y Sant Bernat.

Si ese trámite era aburrido, complejo e inacabable incluso cuando el propietario de la obra robada se avenía a pagar indemnización al que la había comprado, como en el caso del monasterio de Banyoles, no digamos cómo debe ser de aburrido, complejo e inacabable el trámite ahora que la obra robada ha de reintegrarse a su dueño sin que éste deba pagar una indemnización.

José Martí Gómez | Cómo robar arte y colocarlo en el mercado. 12 de marzo de 2006. El País, Reportaje: 48.

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